España/Bélgica

DramaHistórico/ 122min

Dirigida por Antonio Chavarrias

Guion Antonio Chavarrias

Reparto Daniela BrownBlanca RomeroCarlos Cuevas, Ernest Villegas, Berta Sánchez

Fotografía Julián Elizalde

Música Ivan Georgiev

Crítica

La abadesa es como esos platos que degustas lentamente para poder disfrutarlos mejor.

Chavarrias nos ofrece en esta película un producto llena de matices de contenido dramático y estético, que son motivo ineludible para sumergirnos en una historia llena de fuerza, de fe inquebrantable de la época en la que se viven los acontecimientos. Una narración llena de luz y de sombras emocionales, que se aferran a la pureza humana y espiritual para sobrevivir. Se sirve de lo emotivo personal; los hechos que ocurren en el interior de la abadía para trasladarnos a la vida social fuera de sus muros, un mundo, también, oscuro y convulso que viven los personajes en una zona de la Catalunya Norte, línea fronteriza entre moriscos y cristianos, allá por el siglo IX. Situada históricamente en el momento en que los condados catalanes se independizan del imperio Carolingio, comandados por Wifredo el Peloso, que antes de morir le encarga a su hija Emma (Daniela Brown) todavía una adolescente de 17 años, que tome posesión como abadesa de San Juan de Ter (posteriormente Sant Joan de les Abadesas) y que repueble las tierras de ese condado, lugar lleno de conflictos, habitado por desconfiados ciudadanos de diferentes religiones y por rudos soldados que les cuesta aceptar órdenes de una mujer, aunque Emma, enarbolando el mandato de su padre, intenta imponerse y crear una vida más digna para los habitantes de esa comarca.

La joven inexperta e ingenua abadesa, tendrá que sortear no solo la oposición del exterior, sino también el descontento de la propia comunidad, cuyas compañeras tratarán de mermar su voluntad para que ceda en ese empeño de repoblar las tierras y hacerlas fértiles.

Chavarrias escribe un laborioso guion, (meticuloso y preciso) a partir de unos pocos párrafos de la época, en donde se mencionan ligeramente parte de los hechos, así como el juicio al que la inocente abadesa fue sometida por parte de los poderes eclesiásticos (hecho contrastado históricamente) inducidos por su propio hermano, regente del condado en ese momento. La acción está llevada con una admirable serenidad, no exenta de permanente y elegante suspense, que penetra en nuestro en ánimo como una fina lluvia y termina por empaparnos hasta la médula.

Un paisaje impresionante, estepa helada fotografiada por Julián Elizalde consiguiendo un magno resultado, pues desde el primer momento nos traspasa la gelidez del entorno exterior en el que sucederán los hechos. No menos valorada es toda su fotografía de interiores, iluminada solo con velas, cuya atmósfera nos sumerge al recogimiento, espiritualidad y, a la vez, la tenebrosidad de esos frías paredes de aislamiento y soledad.

Los diálogos son escasos, parcos y precisos, la impresión es que cada palabra está meditada previamente, ajustada a una retórica del lenguaje de la edad media, con un significado mesurado en cada palabra pronunciada, que no denote soberbia, ni desvíos del camino de la obediencia, ni que pueda ofender por la falta de la fe. Todo ello acompañados de unas acciones gestuales, pura y sabia introspección.

También el trabajo artístico es preciso y modélico, acompañado de un vestuario diseñado para que los actores actrices se luzcan en sus papeles, caracterizando la abnegación con la que se supone se movían sin esfuerzo en su entorno en su época. Toda la película está enmarcada en un ritmo pausado, pero que cada escena va abriendo espacios de intriga, salpicadas de ansiosas respuestas dramáticas que se acumulan y esperamos expectantes.

Una película para paladares con gustos cinematográficos finos, que vas apreciando cada vez más a medida que vas conociendo a los personajes, las áridas relaciones en las que litigan estos, la dureza de los escenarios en el que se mueven los actores intentando traspasar el tiempo y retrotraernos a sentir la aspereza de la vida en esa época, en la que el hambre, el clima y la religión, sembraban los caminos de la vida de constantes y miserables peligros. Un mundo en que la mujer de cierta alcurnia debía ser modélica para conseguir los favores del matrimonio o, como alternativa, le esperaba acatar los designios, según la voluntad del padre, y ser enviada a un convento o abadía, en donde bajo un estricto régimen de obediencia y oración consumiría su vida hasta el fin de sus días, intentado superar los pensamientos y tentaciones carnales a fuerza de sacrificio y oración.

La abadesa me parece modélica en casi todo. Una lección de amor al cine y a la historia que, come decía el propio director, solo se puede conseguir con la fe en lo que haces y ser capaz de trasmitirlo a todo el equipo que hace la película.

Pepe Méndez